. AÑO VI
¡Yo estoy en contra!


Modalidad corriente que parece signar el común denominador de nuestro quehacer político, casi al extremo de : “no se de qué se trata, pero me opongo”.


Y “me opongo”, interpretando que el único criterio es : si no es lo que yo pienso, si no es lo que yo hago, lo que decido, lo que sueño, lo que me conviene, no hay manera de que adhiera a determinada postura.
Pensamiento único, rector de la actividad diaria en nuestras tierras, nos ha marcado en todos nuestros vaivenes como Nación, como Provincia o como Ciudad, casi sin piedad, donde la confrontación por encima del diálogo o la destrucción por sobre la construcción, son la moneda corriente en las decisiones cotidianas.
Si de lo nacional nos ocupamos cambiando de una ilusión a otra como meros espectadores o protagonistas, nuestros desencuentros nunca alcanzaron un “ Pacto de la Moncloa”, donde oficialistas y opositores delinearan en el largo plazo los grandes temas nacionales; pautas inmodificables a pesar del gobierno de turno.
Fiel reflejo de esta inestabilidad ha sido víctima nuestro régimen jubilatorio, que fuera ya de la discusión entre público y privado, el resultado indudablemente, es la falta de credibilidad en el sistema, y por consiguiente el perjuicio indudable al futuro beneficiario.
Me pregunto: ¿Es el régimen jubilatorio una política de estado que trasciende los límites de un gobierno?
¿Como política de estado, no sería necesario un consenso elaborado
y con el tiempo suficiente entre todas las fuerzas con representación parlamentaria?
¿Tienen otros temas el mismo rango y por consiguiente, un tratamiento especial como política social, agropecuaria, energética, salud, educación?
Qué inteligente han sido nuestros vecinos: Brasil, Chile, Uruguay que “CONCERTARON” políticas con sustento en el tiempo y hoy ven sus resultados, convirtiéndose dentro de una Latinoamérica emergente, en países con un grado creciente de credibilidad.
Pero también el “Estado confrontativo permanente” nos lleva a nuestra aldea, sin ponernos de acuerdo en las grandes decisiones
con el objetivo de planificar una ciudad moderna en el corto, mediano y largo plazo. Ejemplo de ello son los vaivenes en nuestro tránsito:
Hoy la circulación de una avenida para acá, ayer para allá; reductores de tránsito no, ayer sí; estacionamiento medido sí-no; estudio de tránsito ayer, hoy no sirve…
¿Cuánto nos han costado todos estos cambios?
¿Será posible construir un futuro donde nos pongamos de acuerdo en algo?


Carlos A. Pérez
Pueblo_soberano@hotmail.com